Javier Ruiz - Libreria Praga

Locales

OPINIÓN GP | JAVIER RUIZ @sevennorth | LA COLUMNA DEL 5

Islandia se acaba de clasificar para el mundial de Rusia, leo en un tuit mientras pienso en qué escribir en esta anti crónica del partido del domingo. «Tienes que leer el artículo del programa antidrogas de Islandia», recuerdo. Lo busco: un programa en con el que sustituyen los consumos de drogas por actividades que generen las mismas sustancias químicas en nuestro cerebro, (no sólo eso, busquen el artículo), básicamente artes y deportes. Niños de catorce, quince, con acceso a pistas de fútbol gratuito, es decir, públicas o pagadas con dinero público, durante todo la adolescencia para que se lo pasen bien. Juegan, entrenan, trabajan en equipo y luego se clasifican para el mundial. Son 334.252 personas —según Google— tan sólo. Menos que el área metropolitana de Granada.

En el metro, hacia Los Cármenes voy leyendo una —gran— novela de Belén Gopegui. La protagonista quiere locales para chavales donde puedan estar sin pagar. No bares, ni centros comerciales, locales, con asientos para poder estar callados, sofás para hablar. Locales. Parece tan de sentido común que es un horror pensar que los adolescentes de este país no tienen sitios donde ir sin pagar. Voy ensimismado y apenas miro Twitter: juega Espinosa. Bien.

El Lugo venía con vitola de buen equipo. Recuerdo al Almería de Francisco y la buena impresión que me dejó: equipo trabajado, gusto por el toque, pero jugar bien al fútbol, como escribir buenas novelas, es tener un buen plan y que el plan funcione. Creo que el integrista del toque que había en mí se volvió tolerante el año pasado viendo el esperpento que montó Jémez en Granada. No basta con una idea si no hay más detrás. El Lugo quiere jugar y cuando le presionan bien, como ayer presionó el Granada durante toda la primera parte, parece entrenado por Jémez, el del Granada. Oltra no dice si quiere jugar bien —lo que las tertulias de la meseta llaman jugar bien— pero es un tipo sensato. En un equipo tan falto de referentes como el Granada, en el que el tipo del megáfono de los ultras sólo anima a jugadores del pasado, es necesario, es básico, que el equipo tenga pocas variaciones. ¿Sabemos ya quién va a jugar? Sí. ¿Dudas? Si hay lesión o expulsión. Hay un once y además tenemos a Saunier: tres partidos, tres victorias.

Pedro marcó contra el Alcorcón y dio el otro gol. Ayer marcó Espinosa a pase suyo. No sé cuántos partidos le van a caer pero su roja es un desastre. Siendo tan importante para el equipo debería haber tenido más cuidado en la entrada de la expulsión. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. ¡Que lea a Spiderman!

Domingo mañana: voy al barrio en que me crié y compro un paquete de arroz. Me cuesta más caro que en cualquier supermercado de la zona donde vivo ahora, más caro que en los del centro de Granada, alrededor de mi trabajo. La tienda en la que lo he comprado está en una de las plazas más degradadas por la crisis. Salgo hacia la autovía, hay un gran bulevar vacío, con el cemento deslumbrando por el calor donde antes había una pista de futbito que siempre tenía gente jugando alguna pachanga, algún partido. Poco después, por la misma salida, un gran gimnasio está cerrado porque es domingo. Enorme, muy limpio, cristaleras brillantes: un centro comercial del deporte.

El Granada jugó un rato como si estuviéramos en primera. Tocando, presionando, el gol fue una jugada trenzada y rápida. El tiempo corrió y el primer tiempo fue el más corto de los tres últimos años y no sólo porque el árbitro se liara y pitara antes de tiempo. Pero la segunda es como la vida, como la realidad: está ahí para darte una buena hostia cuando te despistas. Tras el descanso el equipo salió tímido, pensando que había dos partidos más esta semana y que juegan pocos más que once. Hicimos bromas sobre cuanto se pagaría que el primer cambio iba a ser Espinosa y acordamos que habría que pagarle a la casa de apuestas aún acertando. Fue el primer cambio. Pero, como con Ramos en algún partido, el equipo se resiente más por la pérdida de calidad que por la de fuelle. El Lugo parecía entrenado por Jémez —el de algunas temporadas del Rayo— y todos los malos presagios aparecieron. El señor del megáfono aprovechó para meter una cuña política que fue ninguneada con un estrepitoso silencio del respetable. Bastante tenemos como para que le hagamos cánticos excluyentes a nuestros primos gallegos. ¿O a los propietarios asiáticos del equipo? Pero la afición sí sabía lo que tenía que hacer y aprovechó una falta no pitada y la expulsión de Pedro para empujar y empujar. Nada de «volveremos» ni de cánticos sobre futbolistas del pasado. Había que ganar y la gente se puso a ello. El equipo, con Kundé y Quini en el campo, se asentó y jugó bien sin venirse abajo ni perderle la cara al encuentro hasta que en el descuento Kundé marco el dos cero. Dos goles de los mediapuntas que ahora se jugarán el puesto de Sergio Peña, lesionado con su selección.

El partido acaba con un himno extraño, echo de menos el nuevo, luego me entero de que es el antiguo. Los equipos son empresas pero son más aún sus símbolos, no jugaría con ellos y el himno nuevo está asentado. Pienso en las pistas municipales que se destruyen, en los campos de fútbol de los barrios de pago o cerrados, en mi pueblo, donde hay en marcha un proceso de privatización de la oferta deportiva y en Islandia donde los adolescentes juegan gratis por las tardes al fútbol. Poco más de trescientas mil personas y al mundial.

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