Javier Ruiz - Libreria Praga

Pequeñas guerras

OPINIÓN GP | Javier Ruiz @sevennorth | La columna del 5

El mejor libro que he leído sobre fútbol es “Iliada – Homero” de Baricco. Nadie cuenta mejor cómo cambia un estado de ánimo, cuál es la transición de la derrota a la victoria, de la muerte a la vida. Como el empuje desaparece y los que estaban abajo están arriba. Cómo cambia el viento y lo que parecía imposible ha sucedido. Como se reacciona desde la tristeza, como se evapora la alegría.

Llegué al campo en la hora que había previsto. Cuarenta minutos desde Albolote, sentado, leyendo. Sin atascos, sin aparcar lejísimos. Había metro y esta vez con gente dentro. Días antes, un tipo con gafas y el pelo rizado me había puesto un cable mágico hasta mi puesto de trabajo. Lo llaman “fibra” y ha llegado al centro de Granada; el metro, también. En una semana. Bajé del vagón y el sol de septiembre lucía parsimonioso, despidiendo su poder hasta la primavera próxima. En la grada, el color del césped era más verde que hace tres semanas, ya recuperado de la calor. La afición del Córdoba justo enfrente, en el sitio que ocupé durante tres temporadas. Un par de cordobeses en nuestra grada con su fantástica camiseta blanquiverde. Su equipo saltó al campo con un pijama de bebé amarillo y negro.

Saunier —Aquiles— apareció al fin. Un tipo espigado, elegante, que puede parecer francés o de la Alpujarra. El 20 a la espalda. De repente, Menosse había vuelto a sentirse seguro. Víctor Díaz se sumó a la fiesta con su mejor actuación del año. Montoro veía un muro detrás y tocaba con tranquilidad, Baena se descolgaba a presionar con más precisión. Y Machís. Todo encajaba. Y más cuando Machís llegó al segundo palo y marcó un buen centro de Víctor Díaz. Siete minutos y un gol. Demasiado pronto, demasiado fácil. Pensé que Oltra debería construir un muro después del gol y que no había ningún central en el banquillo. Me sorprendí con ese pensamiento tan temeroso. El Granada —Granada— nos ha acostumbrado a que las cosas no salgan bien. A que el Metro no se inaugure, a que no haya tren, a que los cables que necesitamos para el trabajo no lleguen, a que los centrales que sirven se lesionen o se vayan y lleguen otros que no ven los desmarques. Saunier despeja de cabeza, hace un cruce con rapidez y saca el balón jugado. La afición sonríe.

En el descanso esperamos un poco para bajar a por un refresco —en Segunda hay menos barras y peor atendidas— y Machís me coge a contrapié en la de la grada de abajo. Reacciono rápido y logro ver el segundo recorte y el disparo que entra en la meta del Córdoba. Poco después, pase profundo a Ramos que, ahora sí, demuestra el delantero que es y quiebra al portero que le hace penalti. Lo tira él. En la grada lo comparan con El-Arabi, otro gran delantero que la afición no valoró. El penalti fallado nos trae de vuelta a nuestra ciudad. Hemos fallado, vamos a perder un balón, Saunier se lesionará, Menosse hará una entrada enloquecida y lo expulsarán, nos marcarán, luego nos empatarán, quién sabe si no remontarán. El metro no lo usará nadie, va lento, quién va a pagar esa obra. Queda mucho partido. Tanto tiempo.

Oltra reacciona y quita a Montoro y poco después a Ramos. El equipo pierde calidad, se encierra y empieza a sufrir. Y Machís coge otra y hace la misma y el portero la para pero llega Joselu. Gol. Tres cero. Intento recordar un resultado así, tal vez hace seis temporadas, el día que expulsaron a un joven Illarramendi: Zapatero era presidente del gobierno. En la grada, nos miramos y hay una extraña tranquilidad de meta alcanzada, de vagón de metro lleno de gente tranquila y contenta. De obra acabada.

Tres cero y ocho minutos. Guardiola coge un rebote y hace un gol con una extraña mezcla de arte y suerte. Menosse hace la entrada de cada partido. Javi Varas el milagro de cada tarde en dos tiros a bocajarro de Jona. Y fin.

Oltra —Ulises— ha acertado al cambiar el equipo. Saunier y Peña han hecho mejores a sus compañeros. Ganar es posible y el partido no parece, ya acabado, tan difícil. La normalidad también puede ser un tres a uno.

Salgo del campo, un tipo enorme lleva la camiseta de Puertas y me alegra ver un nombre de este año entre las de Ighalo y las de aficionados que llevan el suyo puesto. No sé qué metáfora hacer con una ciudad que se pone su nombre en la espalda. Espero cinco minutos a un segundo tren porque el primero va llenísimo y me monto en el metro. Desde el vagón veo la cola de gente del parking que hay enfrente del campo. Me alegra no tener que conducir en el atasco de salida. Cinco niños con la camiseta del Granada ocupan un espacio imposible sobre los asientos y dicen que el Córdoba es muy malo. Los que pierden las guerras, los troyanos, son malos al acabar el partido. Esos chavales se han criado en Primera. Ahora vuelven en Metro del fútbol.

Una señora mayor, el viernes, se santiguó al sentarse a mi lado.
—Es la primera vez que me monto, que vaya bien.
Pues que vaya bien. Porque puede ir bien. Hay pequeñas guerras que las gana Granada.

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